Mi camino para llegar a ser médico no ha sido el que marca el sistema educativo de manera estándar ni tampoco es un camino que creo que pueda ser fácil de replicar, de hecho, dudo que haya una sola persona en el mundo que haya seguido ese camino,
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Te podría contar que desde pequeña supe que con 18 años entraría en la facultad de medicina y que no pararía hasta conseguirlo pero no fue así.
Si que recuerdo desde pequeña sentir pasión por el mundo de la salud y siempre había soñado con estudiar cómo funciona el cuerpo humano y todos sus órganos, sin embargo mi adolescencia fue algo confusa y en ese periodo de dudas perdí el tren que me llevaba a poder acceder a medicina.
Cuando tuve que decidir con 18 años a qué me iba a dedicar el resto de mi vida presenté serias dudas a la hora de decidir mi futuro laboral, me apasionaba la medicina pero había un inconveniente.
No había cursado la rama científica de bachillerato, por no decir que ni lo terminé.
Como por aquel entonces ese camino no era transitable reflexioné sobre qué era lo que más me gustaba hacer y me fijé en una de mis grandes aficiones transmitida por mi madre.
La cocina.
Ingresé en la escuela de hostelería Costa Azahar para cursar el FP medio de cocina decidida a poner toda la carne en el asador y dar lo mejor de mí para dedicarme a la gastronomía.
Fue una maravillosa época, en la que aprendí recetas, trucos, técnicas y valores que me acompañarán el resto de la vida y que a día de hoy aprovecho ya que la cocina nos acompaña en el día a día.
Cuando finalicé mis estudios pasé al mundo laboral, aquello fue un desastre.
No conseguí congeniar con la dinámica de trabajo en la hostelería, me tocaba trabajar noches, fines de semana, festivos…Yo que había estudiado cocina porque me apasionaba se acabó convirtiendo en algo muy pesado bajo la cual no iba a poder trabajar toda mi vida y aquello por lo que tenía amor comencé a cogerle manía.
De nuevo, me sentí desubicada.
Mientras saltaba de un restaurante a otro e iba ganando dinero la idea de que no podía seguir por ahí se iba asentando cada vez más hasta que llegué al último lugar en el que me pagaron por cocinar.